En la
Finca El Vaqueril y sus alrededores apenas hay descanso para el ornitólogo aficionado.
Los encinares y alcornocales albergan una gran cantidad de aves típicas de las dehesas.
Trigueros y Verdecillos entonan sus cantos desde las copas de los árboles;
Tarabillas Comunes, posadas sobre vallados y tendidos eléctricos, anuncian su presencia con un “ui-tac-tac”; los
Alcaudones Comunes en algún posadero localizan su presa - insectos, pequeños pájaros o roedores - que suelen enclavar en los espinos de zarzas, majuelos o piruétanos.
La
Curruca Cabecinegra ágilmente se mueve entre ramas, hojas de árboles y arbustos. Junto a ella, el paciente observador podrá localizar a su pariente mayor, la
Curruca Mirlona en las densas copas de las encinas.
El
Escribano Soteño,
la Abubilla, la Perdiz Roja y los Rabilargos aparecen entre la multitud de especies de las zonas con arbolado disperso.
Un
Agateador Común con su color pardo y su costumbre de trepar por los troncos no es fácil a observar. Le ocurre lo mismo al
Pico Menor, una de las aves peor conocidas de la
avifauna ibérica. Aunque de color negro y blanco es difícil detectar, porque suele moverse silenciosamente en las zonas mas altas de los árboles.
En los eucaliptos, colindando el camino de la entrada (y en otras partes de la finca) el
Pico Picapinos es relativamente común. Es allí donde escucharemos el crotoreo de
Cigüeñas Blancas que nos facilita descubrir sus nidos. Esos nidos enormes sirven también como hogar para unos
sub-inquilinos sumamente coloniales, los
Gorriones morunos.
Desde los campos de cereales y las praderas húmedas la
Codorniz Común anuncia su presencia a través de su característico "tork-toláa, tork-toláa".
En estas zonas abiertas vale la pena echar unos vistazo al cielo. Los
Buitres Leonados son bastante comunes. Su majestuoso pariente, el
Buitre Negro, que nidifica en la Sierra de San Pedro, tampoco es raro. Igual que el
Águila Calzada, que pasa gran parte del día planeando, el
Milano Negro, un ave oportunista o el
Cernícalo Común, fácil de reconocer por cernirse sobre el campo abierto.
No sólo de día, también durante la noche suena el melodioso canto del
Ruiseñor, desde los densos zarzales o matorrales de la ribera de arroyos que se encuentran en la entrada de la finca.
Los arroyos y las charcas son el hábitat del
Martín Pescador, que sobrevuela las aguas como una flecha azul turquesa. En las charcas observaremos el
Ánade Real, el
Chorlitejo Chico (que suele anidar en las orillas, ojo!), la
Cigüeñuela e incluso la solitaria
Cigüeña Negra.
La
Tórtola Turca, muy común cerca del caserío, es una especie relativamente nueva, pues fue en la década de los sesenta cuando hizo irrupción en la Península Ibérica y su población sigue aumentando.
Desde el cortijo es agradable escuchar al alegre canto de los
Estorninos Negros por la mañana o por la noche al llanto del
Mochuelo, al reclamo encantado del Cárabo o al “ta-ca, ta-ca, ta-ca” del
Chotacabras pardo que suena como un golpeteo rítmico dado sobre madera hueca.
Aunque la primavera es considerada la mejor época ornitológica, sin duda el otoño e invierno tienen su encanto. Sobre todo cuando los campos se llenan de cerdos ibéricos en montanera y de aves migratorias como las
Palomas Torcazes en los encinares, las
Avefrías y los
Chorlitejos Dorados en las praderas y en los campos encharcados; y cuando el reclamo inconfundible de las bandos de las
Grullas Comunes sobrevolando el cortijo nos despierta las mañanas.
© Manuela Seifert
Agosto 2007